Empiezo reconociendo lo que casi nadie en mi profesión reconoce en voz alta: la inteligencia artificial redacta convenios reguladores extraordinariamente bien. Yo la uso. Escribe con precisión, ordena cláusulas mejor que muchos escritos que he visto firmados por letrado, no se deja epígrafes por el camino y no comete las erratas que cometemos los humanos a las nueve de la noche. Negar esto a estas alturas es ridículo.
El problema no está ahí. El problema está en confundir dos cosas que se parecen mucho y no son la misma: redactar y decidir.
El sastre
A mi hermano y a mí puede hacernos un sastre el mismo traje. El mismo tejido, el mismo color, el mismo corte, hasta la misma camisa y la misma marca. ¿Vamos iguales? Sí, vamos iguales. Y sin embargo esos dos trajes no son intercambiables, porque mi hermano es más alto y más ancho que yo. Si nos cambiamos las chaquetas, los dos vamos disfrazados.
Un convenio regulador es exactamente eso. Puede tener el mismo tejido que otro —las mismas instituciones, los mismos artículos, la misma estructura— y aun así no servir, porque las medidas son distintas. Y las medidas hay que tomarlas encima de la persona, con el metro en la mano.
No existe un convenio regulador tipo. No existe una plantilla. Lo que existe es un traje que hay que ajustar a esta familia y a ninguna otra.
Dónde están las medidas
Cuando digo medidas no hablo de las cláusulas. Hablo de todo lo que hay que saber antes de escribir una sola línea:
El seis de enero
En mi casa el día grande es Reyes. Celebramos Nochebuena, celebramos Navidad, celebramos Nochevieja y celebramos Año Nuevo, y todas esas fiestas están muy bien. Pero el día que importa, el día mágico, el día que un niño recuerda treinta años después, es el seis de enero.
En otras casas no. En muchas familias españolas, que hace veinte años no lo hacían, ahora viene Papá Noel el veinticinco de diciembre y ese es el día que cuenta. Ninguna de las dos costumbres es mejor que la otra. Simplemente son distintas, y son de esa familia.
Ahora imagine un convenio que reparte con exquisita precisión la Nochebuena y la Navidad, alterna los años pares e impares, redacta el reparto con una técnica jurídica impecable… y despacha el seis de enero como un día cualquiera de las vacaciones escolares. Ese convenio es formalmente correcto y probablemente lo aprobaría cualquier Juzgado. Y es un mal convenio, porque el primer enero que llegue va a generar exactamente el conflicto que venía a evitar.
En su casa, ¿cuál es el día importante?
Eso no lo detecta ninguna plantilla, ni ninguna herramienta, por buena que sea. Porque para detectarlo hay que haber hecho una pregunta que a nadie se le ocurre poner en un formulario.
La prueba de fuego no es jurídica
Un convenio regulador se firma en un despacho, se ratifica ante el Juzgado y luego se vive durante diez o quince años, en cocinas, en portales, en llamadas de teléfono un domingo por la tarde. Esa es su verdadera prueba de fuego, y no es una prueba jurídica.
Un convenio bien tomado a medida se cumple casi solo, porque cada uno reconoce en él su vida real. Uno mal medido se incumple a los seis meses, y entonces empieza lo caro: los requerimientos, la ejecución, la modificación de medidas, y una relación entre dos padres que ya estaba tocada y termina rota del todo. La factura de haber ahorrado en preguntas se paga siempre, y se paga con intereses.
La máquina de coser
Así que sí: use la tecnología, la use su abogado, la usamos todos, y quien diga lo contrario no está siendo sincero. La inteligencia artificial es una máquina de coser extraordinaria. Cose recto, cose rápido y no se cansa a las once de la noche.
Pero antes de coser hay que medir. Y medir sigue siendo mirar a una familia a la cara, escuchar cómo funciona su vida y preguntar por el seis de enero. Eso, hoy por hoy, lo hace el sastre.
Abogado, ICAV nº 14.394. Defensa penal y derecho de familia. Despacho en Valencia y asuntos en toda España.
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